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Análisis de la novela “1984” y las predicciones de George Orwell que se hicieron realidad

Quizás no sólo la obra más icónica de George Orwell, sino de la literatura contemporánea, “1984” nos trae la visión de un futuro donde la libertad de las personas se verá limitada en un mundo completamente autoritario. ¿Semejanzas con la realidad?

“Quizás no sólo la obra más icónica de George Orwell, sino de la literatura contemporánea, “1984” nos trae la visión de un futuro donde la libertad de las personas se verá limitada en un mundo completamente autoritario. ¿Semejanzas con la realidad?”

“La guerra es la paz.

La libertad es la esclavitud.

La ignorancia es la fuerza.”

“1984”, George Orwell (1949).

El mundo no deja de sorprendernos: su continuo cambio nos puede hacer entrever la belleza que en éste persiste, pero, a su vez, nos decepcionan las injusticias y las inhumanidades que en ella acontecen, que parecieran sacadas de la misma ficción. Como si la literatura de horror o ficción fuesen manuales para dirigir al planeta en su totalidad.

Continuando con la sección especial sobre libros de la literatura distópica y su relación o semejanzas con la actualidad, es, por obvias razones, que no podemos dejar en último lugar la obra más destacada quizás dentro de este género: “1984”, de George Orwell.

El verdadero nombre de George Orwell era Eric Arthur Blair, y nació en Motihari, una pequeña ciudad india, en el año de 1903. Al igual que en su anterior y también reconocida obra “La Rebelión en la Granja”, en la cual realiza una sátira política hacia el gobierno de Iósif Stanlin, en “1984”, Orwell hace una crítica con respecto a la política del interior de su nación (Gran Bretaña) y las ironías e incongruencias que solían envolver a ésta, sobre todo los partidos que conforman la supuesta izquierda.

Conocida probablemente por la mayoría, oída tal vez por algunos cuantos más y desconocida por otra fracción de los lectores, “1984” nos habla acerca de las desventuras de Winston Smith, un ciudadano que vive en un futuro Londres lúgubre y sumamente vigilado por un Estado bastante autoritario, a través de una figura suprema nombrada “El Gran Hermano” el cual, por medio de dispositivos llamados telepantallas, observa y vigilia constantemente a la población, procurando detectar cualquier movimiento sospechoso y que vaya en contra de las normas radicalmente estrictas e impuestas por el Estado. Además, por si no fuera poco, la población se encuentra sometida y perseguida por miembros de la Policía del Pensamiento que, ante cualquier movimiento anormal o sospecha de ideas en contra del régimen o del mismo “Gran Hermano”, es arrestada y presentada ante uno de los cuatro Ministerios (el Ministerio del Amor) para recibir su debido castigo o, incluso, desaparecer.

Será Winston quien, en medio de sus pensamientos y recuerdos borrosos que emergen simultáneamente, conciba la idea de cuestionar todo lo que lo rodea y la manera en que el “Gran Hermano” los ha hecho vivir tanto a él como al resto de sus iguales. El libro, además, cuenta con adaptaciones cinematográficas homónimas: una estrenada en el año de 1956 y la más reciente del año de 1984; haciendo mención también de las influencias en otras películas, tales como Brazil (1985).

Sin más preámbulos, veamos qué es lo que nos espera la lectura de esta destacada obra, y porqué te recomiendo leerla en este mundo de tan constante y discreto cambio.

Un gobierno autoritario

Lo que más destaca de la novela es, sin duda, la figura del Estado autoritario y totalitarista: un Estado que, sin importar el bienestar de los individuos en general, pasa a segundo término, estando en el primer lugar del escalón el poder y los intereses de los altos mandos. En la historia, Orwell nos habla de un Estado que mantiene a raya a su población con la intención de mantener el sistema tal y como está, llegando a utilizar incluso métodos inhumanos, desde la prohibición del libre albedrío hasta la tortura cuando las reglas se desobedecen, por medio de la Policía del Pensamiento y aquellos que conforman el Ministerio del Amor, que es la “institución” que se encarga de ello.

Aunque suena exageradamente radical que lleguemos al punto de que nuestros gobiernos se conviertan literalmente en el Gran Hermano y persigan a aquellos que contravengan a sus intereses, no olviden que, aunque un gobierno parezca un ridículo chiste, lo cierto es que muchas problemáticas que aquejan a la ciudadanía poseen un trasfondo donde el poder y los altos mandos, discretamente, dirigen a la población hacia un Estado donde prevalezcan éstos a costa de otros, sin importar incluso, a quiénes haya que eliminar del camino.

Ahora, en el ámbito internacional, tenemos un actual ejemplo de este sistema político: China. Este gran país asiático ha logrado, para disgusto de muchos y sin el consentimiento expreso de sus ciudadanos, lo que Orwell ya predecía desde el siglo pasado: la eliminación del libre pensamiento y la vigilancia extrema a través de cámaras y dispositivos electrónicos que identifican y rastrean a cada uno de los habitantes, esto con fines regulatorios y disciplinarios que, en pocas palabras, se compara con un gobierno a la “1984”. Orwell se sentiría muy orgulloso, felicidades.

Esto pasó, ¿o no? La manipulación

Tal y como lo hubiese predicho el autor mediante el Ministerio de la Verdad y las noticias que constantemente hacían aparecer al sistema como un gobierno ejemplar, sembrando propaganda con datos y cifras erróneas que aumentaran su popularidad y buena imagen ante los gobernados.

Hoy en día, no nos es novedad el hecho de que varios medios de comunicación, ya sea de manera escrita o digital, deformen la información transmitida con otros fines que no sean la revelación de lo verdaderamente sucedido. Es un hecho que viene pasando desde hace mucho tiempo y es poco probable que vaya a detenerse algún día, sobre todo si en la actualidad se supo adaptar espléndidamente a las nuevas tecnologías, sobre todo a las redes sociales. Podemos encontrar que un medio nos informa de cómo y porqué acontecieron ciertas situaciones, mientras que en otra nos mencionan otros datos; que una cadena nos quiera aparentar escenarios dudosos para desviar la atención del público, y otra lo haga de la misma manera para imponer cierta información.

Es un juego del que involuntariamente no se puede salir y, a final de cuentas, terminamos sin saber qué es cierto detrás de toda esta pantalla de humo. Haciendo hincapié también de la manipulación de eventos históricos de los libros de texto u otros documentos con el mismo objetivo: la idolatría hacia una autoridad suprema. ¿Te recuerda a alguien?

Cada día más vigilados

Quizás las telepantallas no se encuentren incrustadas en las paredes de la casa, de la calle o de cualquier lugar público, y mucho menos nos intimidan a sabiendas de que nos tienen estrictamente vigilados por la Policía del Pensamiento, si incurrimos en algún crimen, pero sí los llevamos consigo y a voluntad nuestra, aparentemente: nuestros dispositivos.

El imperio de Facebook y Google se ha envuelto de escándalo tras escándalo, más que nada el primer mencionado, ya que hasta al Congreso de los E.U. tuvo que citarlos para a declarar. ¿El problema? El acceso y uso indebido de datos personales de los usuarios con fines básicamente comerciales. Cada día, la prensa, los usuarios e incluso los mismos ex empleados de dichas empresas han llegado a delatar y a denunciar cómo Facebook y Google, por medio de sus aplicaciones, vigilan los movimientos de los consumidores con el propósito de obtener la mayor información de éstos, y no precisamente para su bienestar, sino para ser vendida a otras empresas y, en las ligas mayores, ser utilizada por los mismos gobiernos. La Policía del Pensamiento no suena tan disparatada después de todo.

Odio: Individuo vs. Individuo

“1984” nos cuenta de determinados eventos muy importantes para el Estado: la “Semana de Odio”, así como los “Dos minutos de Odio”, en los cuales se debe manifestar el odio hacia los enemigos jurados del “Gran Hermano”, por contravenir contras sus ideales y principios. Toda manifestación relativa a éstos debe ser de odio, ira y coraje, por lo que la propaganda y la información disponible no sólo debe alabar a la gran autoridad, sino repudiar a los enemigos de la nación.

El odio ha evolucionado, se ha transformado y ha adquirido nuevas formas e imágenes, pero siempre con el mismo trasfondo: la defensa de nuestras ideologías, de nuestros ideales, de nuestros intereses. En la actualidad, aún defendemos lo que consideramos “bueno” o “ideal” al punto de hacerlo con ira y desprecio hacia el otro, y llegamos a la violencia, ya sea verbal o físicamente. Y, de nueva cuenta, las redes sociales hacen su aparición.

Desde la señora que denuncia a la amante de su marido en el bazar de la ciudad, hasta las múltiples peleas en los comentarios entre los usuarios de Twitter o Facebook, al punto de reunirse con el objetivo de “pelear” (y no en el buen sentido) por un hecho suscitado en Internet.

Todo esto, o más, George Orwell lo vislumbró de cierta manera, aludiendo a la ficción sin despegarse totalmente de las circunstancias de las cuales se basó para cuestionar la realidad; sin embargo, un rasgo que se vuelve común en los últimos es que cada día pareciera que la ciencia ficción ya no se vea tan alejada, al punto de adaptarse o manipular nuestra actualidad y quizás el futuro.  

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