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Funeral, un relato sobre la vida y la muerte

Deléitate con Funeral, un relato corto sobre la vida y la muerte.

Para muchos, mi existencia puede ser aparentemente trágica,  la mayor parte de mi vida transcurre entre hospitales y agencias funerarias, hoy en uno, mañana en la otra y por la tarde…igual. Trabajo todos los días de la semana de siete de la mañana a las diez de la noche, una jornada larga, dos turnos; uno aquí y otro en la morgue del hospital de traumatología y emergencias médicas de San Frenillo.

< Trabajas demasiado > insisten mis compañeras, quienes de acuerdo con sus cálculos y considerando que no tengo familia ni propia ni prestada…

< ¿Qué haces con tu dinero? > me preguntan consternadas.

Nunca conocí a mi padre y jamás he tenido relación alguna con los hombres; nunca he hablado realmente con uno, no me interesa nada de ellos y su existencia, me es completamente desconocida. 

Sin embargo, cada vez que tengo uno sobre mis brazos, ese cuerpo inerte y todavía cálido adquiere para mí un valor paradójicamente vital. La esencia de la muerte se muestra ante mí dejando al descubierto el verdadero género del cuerpo mientras el mío se envuelve en bolsas negras de polipropileno.

Es allí donde comienza nueva y repetidamente el largo y cíclico camino hasta lo profundo de una tumba, pues sigo a mi hombre desde la sala de terapia intensiva hasta mi morgue y después a la funeraria. Finalmente entramos juntos al panteón.

Viví mi infancia con una madre hiperactiva y sociópata que dividía su vida entre mi cuidado y su devoción por dios. En el pueblo, no había nadie que orara como ella. Especialmente para los ritos del funeral, MADRE era solicitada ávidamente en las casas del pueblo donde alguien moría y yo, siempre a su lado la asistía. Nos preparábamos solemnemente; rosario en mano, libro de oraciones y cantos, velo en la cabeza. Salíamos de casa. Enfundada en el atuendo apropiado para la ocasión, MADRE llevaba zapatos de monja, un vestido negro debajo de las rodillas y mallas obscuras que le cubrían el cuerpo. Ya en el lugar del funeral, dirigía los rezos y cantos de un grupo de gentes llorosas, tristes, hipócritas y vacías. Algunas letanías eran larguísimas y asfixiantes, creando un ambiente sonoro frenético, bochornoso, idiotizante, yo solo llevaba mi uniforme escolar.

Ahora trabajo en un hospital porque así puedo pasar más tiempo con mi agonizante caído. Incluso antes de la muerte, investigo a los pacientes moribundos y contacto a las familias para ofrecer mis servicios funerarios, exclusivos para caballeros. 

Recuerdo bien que en el pueblo, los funerales más concurridos eran los de los hombres, frecuentemente resultaba que eran los más queridos, pues no tenían una familia sino dos o tres, sin hablar de las amantes desconocidas e hijos desperdigados desde la entrada del pueblo hasta el último poste de luz orinado, ya casi llegando al río.

Cómo dije antes el pasado y su historia no me importan ahora, es solo hasta que tengo su carne en mis manos cuando ellos tienen un sentido para mí. Son tan bellos así, dormidos. Es una lástima que tengan que estar inertes para verse así, es una pena que deban morir para dejar de ser hombres y olvidar sus mentiras milenarias, en vida no quiero saber nada de ellos. 

Prefiero la autopsia, limpiar, abrir y cerrar el cuerpo con grandes puntadas de hilo quirúrgico, los órganos calientes casi palpitantes, las grandes bolas rojas de algodón; el traslado al velatorio, el momento de vestirlo, la sensación al abrir el botiquín del maquillaje. Mi ensueño se alimenta con la llegada de los familiares, las flores y las velas, el perfume del cempasúchil y demás especies panteoneras, el olor a canela del café de olla acompañados de un bolillo.

Hoy me han llamado directamente, un nuevo amor falleció en su propia casa y la familia no es adepta de las autopsias. Entre llantos y sollozos logré arrancar de los brazos de la esposa a mi nuevo hombre, emprendo el viaje y todavía por el retrovisor de la carroza alcanzo a ver una desconsolada mujer tirada en el suelo, rodeada de sombras negras.

Manejo ausente y perdida, en mi mente repaso la rutina de preparación, un viejo me hace señas con el brazo y yo apenas lo miro. Llego a mi funeraria con la adrenalina a flor de piel, no puedo esperar más, inicia la comunión.

Llega el momento de la ceremonia ritual, los rezos, cantos, las lágrimas, el luto. Poco a poco el mismo ambiente se recrea como un deja vú y se va apoderando de mi…

Bajo el ritmo de las oraciones espirales, las paredes de las habitaciones comienzan a girar, la luz se torna roja y azul como mezclándose tristemente en un papel celofán. Los lamentos y lloriqueos me erizan la piel y el olor a parafina caliente y gladiolas ejecutan suavemente la extensión del placer, el momento culminante cuando la nostalgia me revienta a chorros y chorros de lágrimas brotan de mí cuerpo mientras pienso:

“muerto es un hombre nuevo, puro… ha dejado atrás todos los errores de su género, se ha lavado las manos llenas de la sangre que algún día derramo, cuando vuelva a cobrar vida, no será ya nunca olvidado por mí”

En ese instante, mientras salen de mis ojos las últimas gotas salinas exhausta y cansada me dejo caer a la orilla del sofá más cercano sucede lo inexplicable, ¡¡¡Se ha levantado!!!

El cuerpo se asoma en un movimiento brusco y exagerado, el infame abre los ojos y expulsa por  boca y ano bolas de algodones apestosos, mojados, seguidos de una acometida de gases digestivos y órganos podridos. Lo último que percibo es su rostro consternado dirigiéndose a mí, el vértigo se confunde con los gritos de pánico y horror de los asistentes funeral. La impresión ha sido demasiado fuerte y después de un instante el dolor me oprime el corazón, el aire me falta y la desesperación me hace su presa, los músculos de mi corazón se contraen y caigo completamente inconsciente al suelo… como si se tratara de un sueño profundo, alguien sugiere “Es un infarto al corazón”

Creo que no resistí ver a ese hombre puro y limpio de toda culpa pasada volver a ser el mismo de antes, eso rompió mi corazón. Ahora estoy yo en una bolsa de morgue, lista para el sacrificio de mi ceremonia personal.

Nadir Lecht

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